
Despierto en una cama con tres.
Algunas veces somos cinco otras solo dos.
Despierto y en mi frente suben espumosas burbujas doradas
el olor a alcohol no se ha pasado y tampoco lo hará
la alegría vuelve a comenzar, las risas desencajadas
el inmenso deseo de que esos días sean eternos y de que la guita no se acabe nunca ché.
El humo del cigarrillo entra por la ventana, por la puerta y por las bruces de mi cuerpo.
Adoro el olor a cigarrillo con alcohol desbordante.
La gente baila o canta, se acuesta, se tocan… yo espero a que del cielo caiga Dios.
Algunas veces me culpo de ser.
De estar.
De abandonar a mi cuerpo en camas ajenas
En bares podridos, en antros inmundos.
De abandonar a mi boca en esquinas desoladas donde solo se consigue un beso de inmaculada frialdad esos besos que andan sueltos buscando donde encajar…
Por los míos han pasado ya unos cuantos.
Ninguno se ha quedado.
Yo aun no me marcho, aun sigo aquí con la nueva sagrada familia.
El día se destila junto a una soda
La tarde se fuma en espacios de tiempo robados donde queda ese color negro dentro de mi mente.
No recuerdo la última vez que recordé todo.
Las noches son de fuego
De un ardor exquisito y delirante
De energías exóticas y salvajes
Las quiero todas, quiero todas las noches para mi cuerpo
Para mi mente y para mis dedos
Quiero terminar recogiendo colores en un trip infinito.
En un viaje al último lugar de mis lamentos.