martes, 28 de septiembre de 2010

CANDY.


Un manojo de recuerdos tan dulces como los mismos confites.
El suelo de madera pegajoso crujiendo con nuestros pasos furtivos, pueriles y ansiosos de emoción.
El aroma a caramelo mágico y chicle que nos inundaba y abrazaba apenas entrabamos en la sala semioscura de aquel cine.
Las miradas furtivas y tímidas buscándose, el cambio de asiento apenas se ponen las luces en un artificial, pero milagroso, atardecer.
El zapateo exitado ni bien apagaban las luces, los silvidos, los gritos, los aplausos, llenaban el espacio que la oscuridad parecía multiplicar.
Y de pronto los rostros semi-iluminados por la pantalla inmensa, pronto el rugido del león, el movimiento, el encanto de cada ser que ahora permanece inmovil con la boca semiabierta y los ojos como lunas.
Los abrazos que empiezan y no terminan, alguien se despereza y abraza, alguien solo sólo se despereza, algunas manos se entrecruzan con timidez rosada y cálido cariño. Un hombro acaricia a una mejilla, y una mano otro hombro, un dedo índice se desliza con la suavidad de una gota de rocío por el dorso, como pétalo, de una mano suave y femenina.
Los contornos de todos inmóviles cambian con la luz de la película, parecen titilar... me encuentro inmersa en un cielo de rostros que titilan.

No hay comentarios:

Publicar un comentario